10/2/09

Era otra onda

Eso que, si tuviera alguna uniformidad, podría llamarse mi generación, ha ido escondiendo en un armario los momentos difíciles y sometiendo a proceso de continua revisión al alza sus mejores recuerdos. De mi pequeño salón del clases del bachillerato salieron, sólo a guisa de ejemplo, un asesor presidencial creador de algunas de las más atroces propuestas económicas que han azotado a México, un ecologista de verdad que ahora colabora con los cazadores en la conservación de especies que a nadie más interesan, un campeón de ventas, un médico brujeril que hace tai-chi mientras uno trata de hablar con él, uno de los más brillantes físicos del país y más de un capitán de empresa cómplice del gobierno de turno, sea cual sea. Así acabó la generación de las flores. Este cuento sólo ha aparecido en mi colección de cuentos Más allá no hay nada publicada por la Universidad Autónoma Metropolitana en 1996.


ERA OTRA ONDA
Mauricio-José Schwarz


Somos los Chavos Floreros
Con boletos de luneta
Para la Resurrección...


Parménides García Saldaña
"Somos los primeros", 1975

—Bueno, nosotros éramos los que íbamos a construir la república del amor, el imperio de la paz, los que íbamos a acabar con la gachez, los que marchábamos decididos a conseguir que la injusticia se convirtiera en tema antiguo para los libros de historia; éramos el comando de la erradicación definitiva de la pobreza, el operativo que descubrió la contaminación y cómo evitarla, los batallones con botellones de la Arcadia pastoral de Lope de Vega, autoconvocados para reinventar al dios vengador y convertirlo en el baterista de la banda, o en el vocalista, si mucho insistía; fuimos los ejércitos de los cielos en la batalla final para que la modernidad fuera patrimonio público y notorio de toda la raza, pelotones de ángeles eléctricos, de arcángeles barbados en amor libre, de querubines con vestidos de colores y morral al hombro, serafines de larga duración a treinta y tres y un tercio de revoluciones por minuto incluyendo la cubana, la mexicana y la soviética; equipo ofensivo y defensivo que hizo a Cristo socialista y que alineaba igual a Gibrán y a Kerouac, a Zapata y a los unicornios celtas, al Che Guevara y a Janis Joplin, al emperador Cuauhtémoc y al mamón de Andy Warhol; éramos los que éramos. Nomás que nunca nos preparamos para la derrota. Y perdimos gacho, como perdió Napoleón.
     Javier alcanzó a pensar que el tipo tenía un discurso claro, lúcido y hasta apasionante. Pero uno no se puede poner a admirar los finos giros de lenguaje y la retórica vibrante de nadie que tenga un cuchillo acariciándonos el cuello, de noche y en una calle desierta.
     Apenas había visto un momento el rostro del asaltante que pasó junto a él y que se volvió rápidamente para tomarlo del cuello y exigirle la cartera. Ya con la cartera, el asaltante había calculado la edad de su víctima en la misma que la suya y se había lanzado a un análisis tan florido como inoportuno de los caminos retorcidos que había seguido la generación a la que ambos pertenecían. Javier calculó que el tipo podía echarle un largo rollo sobre el proceso de pavimentación de la generación de las flores, considerando que no parecía haber nadie cerca y ya era realmente tarde.
     Un apretón de cuello y la sugerencia del filo del cuchillo en su cuello llamaron una vez más la atención de Javier. El atracador callejero aún tenía ideas por desarrollar.
     —Imagínate, maestro. En una película podía resultar que tú y yo fuimos parientes, o compañeros de la escuela, o tocábamos en el mismo grupo, y me ves, me reconoces y me dices "hermano", y me invitas a tu casa a reconstruir mi vida para que aprenda a usar chamarras italianas de cuero, para que cambie el Flamazo por Johnny Walker y juntos, debidamente asociados, poníamos una casa de bolsa o de putas, o de perdida una compañía de importaciones de chingaderas chinas, ¿no? Final feliz. En el pinche mundo no hay finales felices, tú... ¿cómo dices que te llamas? Acá dice, en tu dinero de plástico... Javier. Ni siquiera te llamas Johnny o Danny o Jimmy... Javier... qué pinche.
     Javier omitió ofenderse por el desprecio a su nombre de pila. Sólo se permitió relajarse mínimamente al sentir que el cuchillo se apartaba unos milímetros de su garganta mientras el ladrón abría su cartera y leía sus tarjetas de crédito usando el reflejo de las luces en el cielo mugriento de la ciudad.
     El cuchillo volvió a anidar junto a su yugular.
     —Éramos los mismos, ¿no? ¿O a poco no oías a los mismos grupos que yo, y soñabas, de menos a ratos, lo mismo que soñaba yo?
     Javier asintió cuidadosamente.
     —Qué jodido, ¿verdad?
     Volvió a asintir.
     —¿Por qué no hablas, tú? ¿Te da miedo hacer enojar al señor atracador y que te deje ir la punta? No mames. Si no te pasas de lanza, a la mejor y sales de ésta con la pinche anécdota del siglo para tus nietos. ¿Eres de los que se casaron a lo pendejo a los veinte y ya tienes nietos? No, ¿verdad?
     Javier negó con la cabeza y luego dijo un apagado "no".
     —¿Cuál era tu grupo favorito?
     —Los Ju —admitió Javier subiendo un poco la voz.
     —¿Los Ju? Ah, The Who, ¿no? El Townshend en la guitarra, el chingonazo del Entwhistle en el bajo y la voz del güero ése medio mamila, ¿cómo se llamaba?
     —Roger Daltrey —informó Javier ahogadamente.
     —Ése mero. Pero cuando tocaba la batería el loco del Keith Moon, ¿no? Cuando le daban en la madre a todo el equipo acabando de tocar. Lástima que el Moon se murió por pedo y pastizo, ¿no?
     Javier volvió a asentir. El cuchillo ya le dejaba más espacio de maniobra.
     —O a lo mejor él vive en el paraíso de los rockeros y nosotros somos los que nos morimos. Hasta tú. Con toda la lana, y las gordas, y el buen chupe, y los viajes y la madre... ¿no extrañas el rol del rock y los pinches sueños de my generation? Digo, a menos que se te hayan olvidado de plano. Pero eso no pasa. Los tengo checados. Todos, de cuando en cuando, al oir una rola, al ver de pronto una película o un pinche disco, la expresion les cambia, aflojan los hombros, gritan "¡uuuuta!" y se lanzan por la vereda tropical de la nostalgia fresca. Todos nos acordamos, ¿verdad?
     —Sí. Uno se acuerda.
     —Y ahí está la gran chingadera. Que acá en el coco nomás se quedan los buenos recuerdos, las buenas ondas de los chavos idealistas, románticos, de florecitas y frases cursilonas y se nos olvida todo lo gacho. Entonces de repente no nomás andábamos como una organización de locos compitiendo para ganar el contrato de construcción de la utopía, sino que además acá arriba, en nuestras azoteas, sí la construimos y la vivimos, aunque fuera a fuerza de yerba y ácido y hongos y pastas. Y ahora somos el Caín del siglo veinte, al este del paraíso y sin un puto boleto del Metro para regresarnos al Edén, ¿verdad? Y ni un cabrón Arcángel Gabriel que nos haya corrido, para remate. Salimos caminando por nuestra cuenta, a lo güey. Ya no podemos echarle la culpa ni a nuestros papás. Valimos madre solitos, nos desinflamos, fuimos dejando cachos acá y allá, como si el sueño se nos fuera deshilachando, como si tuviéramos lepra en las ideas. La música era más chida entonces, creemos, y seguimos sin aceptar que a los Beatles también les interesaba la lana, y se cogía más sabroso a los veinte años, ¿no?
     —Puta, sí —dejó escapar Javier. El discurso del tipo estaba, pese a todo, regresándolo en el tiempo.
     —Sicodélicos, macizos, gruesos, hijos del pop, greñudos, jipitecas, onderos, ¡viva la chaviza, muera la momiza! Andábamos con la brújula hecha un pinche rehilete y ahora resulta que en la película que nos pasamos al cabo de los años ya editamos todas las fregaderas y éramos los más chingones de la pradera. Nosotros tragábamos mierda y dejábamos que los cantantes de protesta nos vieran la cara de pendejos nomás porque ellos también tenían cara de pendejos. Todos teníamos un cuate gruesísimo que tenía su propio departamento para los reventones, con un cuarto pintado de negro y una lámpara pinche con un foco de veinte watts para que allí comulgáramos con Jimi Hendrix o, ya muy cagados, con la Tinta Blanca y los grupoides aztecas ésos.
     El cuchillo se había alejado. Javier respiró hondo.
     —¿Tú fuiste a Avándaro? —preguntó el asaltante.
     —No.
     —No te dejaron ir, ¿verdad? ¿Qué tenías, quince años?
     —Dieciséis.
     —Yo también. Me lancé con la pandilla en un pinche camión jodido que olía a meados. Ellos iban dizque a la carrera de coches, pero la verdad es que todos queríamos hacerle al Woodstock. Cuando la chava ésa se encueró, creímos que estábamos en Nueva York, me cae, y eso que a mí me tocó retelejos. Se veía como pulga vestida. O desvestida, pues, pero nomás saber que se había encuerado era como descubrir que no estábamos tan jodidos, que éramos parte de la neta universal.
     Hubo una pausa larga. Javier volvió a respirar profundamente.
     —Amigos, amigas —dijo el asaltante engolando la voz—, ésta fue la hora de los recuerdos que ahora llega a su fin. Antes de despedirnos del aire sólo nos queda pedirle a nuestro amable radioescucha que se quite la chamarrita y el reloj, para que su servidor y amigo se retire, que con esto ya sacó el día y puede volver a su cantón a escuchar rolas viejas. Ha sido un gusto estar con ustedes y recuerden que hay que valorar el momento porque pocas veces tiene uno la oportunidad de recordar qué onda pasaba, de pensar qué onda pasó y de redescubrir que la onda era otra onda.
     Javier sintió que el asaltante se apartaba un poco para dejarlo quitarse la chamarra. Empezó a hacerlo suavemente. Sacó primero el brazo derecho y luego empezó a deslizar la manga por el izquierdo.
     —Éramos ésos, y mira quiénes somos ahora —dijo el tipo.
     Javier dio un paso al frente y giró lanzando la chamarra como un látigo contra el cuchillo del tipo. Sorprendido, el asaltante apenas gruñó y trató de acercarse a Javier. Una patada en la rodilla izquierda lo hizo trastabillar. Javier le tiró otro puntapié para ganar tiempo y, sin soltar la chamarra, con la mano derecha sacó su pistola. De entre las sombras surgieron dos tipos endurecidos, sólidos como tractores, llevando en las manos pistolas que parecían cañones Howitzer apenas reducidos y hacían que la de Javier pareciera un juguete.
     —No podíamos hacer nada, jefe —dijo el más grande de los dos sin dejar de mirar al asaltante con los ojos y con el cañón de la pistola‑. Si tratábamos de venadear a este cabrón lo podíamos chingar a usted o a la hora del plomazo hacer que le cortara el pescuezo.
     —Usted disculpe, diputado, —acotó el otro.
     —No hay problema—, dijo Javier—. A la chingada con él.
     —No chingues, maestro —fue lo último que dijo el asaltante antes que el tipo grande le disparara el primer tiro en el pecho. Jaló aire con fuerza y cayó al piso. Allí recibió dos impactos más de la pistola del segundo guardaespaldas, que no quería ser menos que su compañero.
     Javier buscó en los alrededores su cartera y vio que el asaltante escupía sangre y padecía cortas, violentas convulsiones. Estaba apenas vivo. No lo estaría mucho tiempo. Levantó la mano para impedir que sus guardias lo remataran.
     —Era otra onda, maestro —le dijo Javier al ladrón agonizante—. Ahí sí que tienes toda la razón. Y también en esa otra onda de que en el pinche mundo no hay finales felices... ¿ahí estás? —Los ojos del asaltante temblaron tratándose de agarrar a la poca luz, al resplandor del cielo sobre la ciudad, para no quedarse a oscuras—. Lástima que te tocó conmigo. Tú todavía creías que podías ganar. Y no. Eres ojete de segunda. De todos modos gracias por los recuerdos.
     Javier empezó a alejarse con los guardias a su lado. Ni un rostro salía por las ventanas del barrio, ya acostumbrado a que la noche trajera ruidos y gritos y llanto y sirenas y todas las cosas que hacen que uno sepa que es deveras de noche sobre la ciudad y no nomás se hizo oscuro. Se volvió al cuerpo del asaltante.
     —Me saludas a Keith Moon —dijo, esperando que el tipo todavía lo hubiera oído.

México—Tenochtitlán, noviembre de 1994
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1 comment:

  1. lector de otra generaciónNovember 3, 2009 at 11:06 PM

    Me ha gustado mucho su cuento, ilustrativo de lo endeble que al final resultara el sueño aquel. Usted no escribe bonito: escribe macizo.

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